Del precinto al pasaporte digital

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Cada jamón ibérico que sale de un matadero español lleva desde hace más de una década un precinto inviolable de color. Lo asigna la Asociación Interprofesional del Cerdo Ibérico a través de ÍTACA, su sistema de trazabilidad, sobre las canales que cumplen los requisitos de la norma de calidad aprobada por el Real Decreto 4/2014. Cuatro colores -negro para el 100% ibérico de bellota, rojo para el ibérico de bellota, verde para el de cebo de campo, blanco para el de cebo- condensan la genética del animal y su régimen de alimentación, y cada precinto numerado queda vinculado a un registro central que acompaña a la pieza durante toda su vida comercial. Visto con ojos de 2026, el sector construyó entonces algo que la regulación europea persigue ahora para casi todo lo demás: un sistema de identidad de producto con un emisor acreditado, un registro, un identificador único y una semántica que el consumidor puede interpretar.

El Reglamento (UE) 2024/1781, de diseño ecológico de productos sostenibles, instaura el pasaporte digital de producto como instrumento general de transparencia: un soporte de datos accesible que reunirá información sobre composición, origen y sostenibilidad de los productos que se comercialicen en la Unión. Su ámbito de aplicación, sin embargo, excluye expresamente los alimentos y los piensos (artículo 1.2). El sector agroalimentario queda fuera del pasaporte digital, al menos del que lleva ese nombre, pero sería un error leer esa exclusión como una exención. La presión hacia la trazabilidad digital verificable llega al sector por otras vías convergentes: Los certificados electrónicos de exportación en CEXGAN requieren ya autenticación mediante Cl@ve y documentación firmada electrónicamente para cerrar los expedientes sin presentar originales en frontera. El Reglamento (UE) 2023/1115 de deforestación, cuyas obligaciones principales resultan aplicables el 30 de diciembre de 2026 para los operadores medianos y grandes, articula su diligencia debida sobre declaraciones digitales con geolocalización de las parcelas de origen. Y un consumidor que ya escanea códigos QR espera encontrar información verificable detrás.

El instrumento que conecta estas presiones dispersas no viene de la regulación alimentaria sino de la de identidad digital. El Reglamento (UE) 2024/1183, que reforma eIDAS, crea las declaraciones electrónicas de atributos: afirmaciones sobre hechos emitidas por una fuente reconocida, firmadas electrónicamente y verificables por cualquier parte interesada sin necesidad de consultar al emisor en cada transacción. En su modalidad cualificada, estas declaraciones las emite un prestador de servicios de confianza cualificado conforme al marco de supervisión del propio Reglamento.

Una designación de la norma del ibérico, una certificación de producto conforme a un pliego de condiciones o la pertenencia a una lista de establecimientos autorizados para exportación son exactamente eso: atributos atestiguados por alguien con autoridad para hacerlo. La cartera europea de identidad digital (EUDI Wallet) y la futura cartera de empresa (European Business Wallet), sobre la que el Consejo adoptó su orientación general el 9 de junio de 2026, aportan el soporte técnico para emitir, portar y presentar esas declaraciones en formato interoperable.

El ibérico resolvió hace años el problema difícil, que no es tecnológico sino de gobernanza: quién decide qué se atesta, quién emite, quién controla al emisor y qué significa cada categoría. ASICI como interprofesional, ÍTACA como registro, los organismos independientes de control acreditados por ENAC como verificadores, y el RD 4/2014 como norma de referencia forman una arquitectura que funciona con precintos físicos pero cuya lógica es la de una infraestructura de confianza. Trasladar ese edificio a una declaración electrónica de atributos es un paso corto comparado con el que ya se dio. Los sectores que cuentan con esquemas de certificación consolidados, con organismos de control acreditados y registros centrales en funcionamiento, tienen medio camino recorrido hacia la trazabilidad digital que la regulación europea va a acabar exigiendo, se llame pasaporte digital o se llame de otra manera. El precinto de un jamón enseña más sobre el futuro de la identidad de producto que muchos libros blancos.